Problemas de la comunicación audiovisual hoy (I). La lucha contra el discurso de odio

En sucesivas entradas del blog publicamos el análisis sobre la situación del actual panorama comunicativo realizado por el presidente del Consejo Audiovisual de Andalucía (CAA), Antonio Checa, en los cursos de verano de la Universidad de Málaga bajo el título ‘De las falsas noticias al discurso de odio. Problemas de la comunicación audiovisual de hoy’.

Hasta finales del pasado siglo, los españoles se informaban a través de un trío de vehículos devenido clásico: televisión -preferentemente-, prensa y radio. El ciudadano buscaba por sí mismo la información -un periódico, un telediario- que le era facilitada por medios reconocibles y personas identificadas y profesionales dentro de un sistema con controles de calidad y veracidad, que suelen requerir su tiempo y pueden representar algún coste para el usuario. La irrupción en los inicios del actual siglo -tras hacerlo internet a finales del anterior- de las redes sociales modifica, prácticamente replantea ese esquema. Aparece una comunicación fácil, gratuita, donde no hay apenas comprobación de veracidad y donde no es sencillo, a veces simplemente imposible, identificar la procedencia. En paralelo los avances tecnológicos -teléfonos móviles, ordenadores portátiles, tabletas- pone a disposición de toda la sociedad medios inmediatos, donde la noticia circula con extraordinaria rapidez y multiplica sus receptores, con demasiada frecuencia sin capacidad de comprobación o valoración equilibrada.

A esa facilidad de la noticia, se une el perceptible fenómeno de la hiperinformación -muchas más noticias de muchas más procedencias, pero mucho menos contrastadas- que se instala en una sociedad que sufre profundas y sucesivas crisis -económicas, sociales, sanitarias- y que desconfía cada vez más de la clase dirigente, sea política, económica o incluso cientifico-académica. Tenemos, pues, servido un panorama en el que se produce un uso intensivo tanto de medios informativos -es decir, con la información como objetivo básico, como eje- o medios con información -donde la información, secundaria, en función más que nunca de la publicidad, tiene presencia, pero no suele ser objeto de controles de calidad y veracidad medianamente rigurosos-, y donde aparece asimismo como vehículo con información la simple comunicación en el ámbito del círculo de amigos o el familiar o incluso los meros conocidos, que divulgan a menudo simples rumores, pero consiguen que esa información adquiera pronto trascendencia. Aparecen además figuras nuevas, como los influyentes, personas que utilizan con habilidad esos nuevos medios -opinan, proponen, informan-, captan seguidores, a menudo obtienen audiencias masivas, y generan ingresos. Ofrecen una amplia gama, a menudo inquietante, pues son los menos los que opinan con rigor y conocimiento, con equilibrio y pluralidad y sin miras económicas -publicitarias-o ideológicas.

Una sociedad donde circula mucha información de variada procedencia y con mucho malestar interno, es, sin duda, una sociedad propicia a que prosperen no solo la noticia veraz, también la mentira o la verdad a medias, y donde también se hacen presentes fenómenos nunca ausentes en nuestras sociedades, pero ahora potenciados por medios inmediatos, gratuitos y masivos, crecen la mentira con fines específicos, los mensajes de odio, los contenidos con discriminación, de racismo a menudo. Surge lo que ya se denomina el diagonalismo, esa corriente que tiende a ver conspiraciones por todos lados1. Si además esa sociedad ha de afrontar fenómenos no nuevos en la historia de la humanidad, como una pandemia, pero sí desconocidos -e imprevistos- por las generaciones que viven hoy en el planeta, en especial, países desarrollados o en desarrollo, tendremos ante nosotros un panorama comunicativo inquietante, en que la comunicación audiovisual espontaneísta desplaza a otras fórmulas y lo hace además a través de un proceso de cambios rápidos.

Ocurre además que el clásico proceso de rectificación o precisión tras la noticia incompleta, equivocada o falsa, regulado con minuciosidad en muchas legislaciones, prácticamente desaparece en ese ámbito o tiene escasa incidencia. Normalmente, advertir de una falsedad, aportar elementos veraces para la red de redes, es proceso difícil que con facilidad y diversos pretextos se elude y en todo caso tiene mucha menos audiencia que la falsedad previa. El agua derramada.

¿Qué hacer ante ese panorama tan inquietante?

Me centraré en principio en tres aspectos de ese panorama en evolución constante y con elementos muy preocupantes, elementos que, en todo caso, no deben impedirnos valorar positivamente los muchos elementos comunicacionales válidos que aportan las redes y todos los nuevos medios comunicadores. Esos aspectos perturbadores son el discurso de odio, las noticias falsas y los influyentes sin solvencia.

La presencia del discurso de odio no es nada nuevo en nuestro panorama comunicativo cotidiano, pero distintas circunstancias, como el auge sostenido e internacional de los populismos o la generalización del uso intensivo de redes sociales desde tempranas edades y desde luego la larga pandemia vivida por la humanidad en 2020 y 2021, la están multiplicando. Se convierte por ello en inquietud generalizada y se legisla para contenerlo. Casi todos los países latinoamericanos, por ejemplo, tienen ya alguna normativa en vigor en este ámbito2. Pero el discurso está aquí, sigue, crece y se diversifica, lo favorece el que su divulgación es comparativamente barata, y más si consideramos la facilidad de alcanzar grandes audiencias en escaso tiempo. Es necesario esforzarse en combatirlo en mayor y mejor medida. Sobre todo en el seno del mundo audiovisual, donde alcanza hoy más presencia y más complejidad. ¿Cómo hacerlo con eficacia?

No es tarea sencilla. Porque de inmediato nos vemos delimitados por el imprescindible respeto a la libertad de expresión individual y el no menor respeto de la dignidad humana y la lucha por la igualdad de género. Debemos distinguir. Hay que proteger el discurso minoritario, a menudo a contracorriente, aunque pueda sernos incómodo, tenemos en paralelo el imperativo de defender a las minorías, a sectores de nuestra sociedad que suelen ser discriminados o ignorados y que han sido históricamente grupos a la defensiva. Ocurre además que normalmente el discurso del odio se organiza contra grupos y colectivos, lo que hace más difícil encajarlo en figuras legales como la injuria, la calumnia o la difamación, que son esencialmente delitos contra el honor de la persona. No obstante, modalidades del discurso de odio como el ciberacoso, individualizan su víctima.

Debemos frenar la mentira insidiosa rápidamente propagada, y sobre todo luchar contra la amenaza concreta o la defensa de la intolerancia. La exaltación y justificación de la violencia, tan usual en los discursos del odio, tiene muchas caras. ¿Puede justificar o disculpar el calor de una campaña electoral afirmaciones racistas o xenófobas o, al contrario, hemos de exigirle más rigor al político precisamente por su cualidad de figura pública, representativa y con poder?

Ante todo cumple seguir una regla básica en la lucha contra el discurso del odio en cualquiera de sus variantes, hacerlo con veracidad y limpieza. Datos contrastados, hechos, frente a mentiras o inventos. Recientemente desde Le Monde diplomatique se alertaba-«Vender discordia en vez de informar»- de las malas prácticas de la mayoría de los medios liberales norteamericanos en la lucha contra el discurso del odio, en especial las mentiras divulgadas por el expresidente de los Estados Unidos Donald Trump. «La veneración por la precisión y el respeto por los hechos desaparecieron», lamentaban los autores3.

Alfabetización mediática

No todos los sectores de la sociedad actual están expuestos con las mismas características e intensidad al discurso del odio, y resulta patente que los sectores jóvenes, lo más volcados a la utilización de las redes sociales, son también los más afectados4. Esos jóvenes se ven además especialmente implicados en las situaciones y los problemas nuevos que plantea la evolución tecnológica -como el ciberostracismo o la cibervictimización-. La mediación de la familia se configura como una buena ayuda a los jóvenes para afrontar ese discurso, lo confirman muchos estudios, siempre que no se haga con medidas simplemente restrictivas, que suelen generar actitudes opuestas. Una gran mayoría de los análisis disponibles coinciden en resaltar, llegados a este punto, la urgencia de un desarrollo serio y amplio de programas educativos sobre conocimiento y uso de los medios de comunicación, de forma que con ayuda de padres y educadores, los jóvenes sepan percibir y afrontar el discurso del odio que les llega por esos medios. Pero esa alfabetización mediática debe incluir desde luego también a los mayores, esos padres a menudo desconocedores de los hábitos y los problemas planteados en las redes a sus hijos y con harta frecuencia desconcertados y sin saber cómo actuar cuando constatan su presencia en el seno de la familia.

El auge del discurso del odio nos obliga a conocer más a fondo al enemigo, los medios y trampas que utiliza, y a combatirlo mejor, a veces dando la vuelta a sus propias armas y sobre todo inventando alternativas. Los videojuegos de noticias, e iniciativas similares, los «newsgames», son un buen ejemplo de lucha inteligente contra el discurso del odio. Con rigor, con pluralismo, con aportaciones contrastadas, pero también con amenidad, con inteligencia, con participación, esos juegos atraen a sectores jóvenes. La mezcla de juego e información cierta le muestra un camino diferente a los simplismos o mentiras del discurso del odio. Les muestra el valor de la ciencia, combate tentadores negacionismos: Los «newsgames» forman y en muchos aspectos contribuyen a la identificación y resolución de conflictos5. El discurso del odio utiliza muy a menudo fotografías o videos manipulados. Siempre que sea posible es importante aportar las imágenes auténticas o si no es factible, otras identificadas y contextualizadas que desmientan el discurso. Ayuda, demuestra la mentira y el odio que encierra.

Libertad de expresión

La necesidad de combatir ese discurso de odio no puede utilizarse en principio como pretexto para fomentar o justificar censuras. Si se establecen límites a la libertad de expresión, ha de quedar bien explícito su ámbito y de forma fehaciente que son necesarios y proporcionales. No olvidemos que los problemas económicos, culturales y sociales con los que se quiere justificar el discurso de odio, aunque exagerados a menudo y en otras ocasiones sencillamente ficticios, responden a malestares con fácil arraigo en públicos que además suelen estar predispuestos a encontrar inmediatos culpables ajenos de sus problemas. Y a proclamarse víctimas de esas censuras. Además, la lucha contra el discurso de odio en el seno de las redes sociales y en general internet, no debe ser diferente ni quedar al margen de la que se establece fuera de la red. Para ganar en eficacia.

Hay además que dejar bien claro que lo que para algunos difusores de discursos de odio es una ventaja de internet cara a sus prácticas, el anonimato primero y la impunidad en consecuencia, no solo es falso, sino cada día más difícil de sostener. No podemos ingenuamente ignorar la complejidad de la lucha contra el delito del odio en el seno de la red, pero hay que hacer notar que la ley y la tecnología avanzan, que cada vez es más fácil conocer la identidad del autor de los textos de odio o las mentiras xenófobas divulgadas vía internet. Debemos advertirlo, proclamarlo, divulgar cada progreso en ese ámbito. Motivar en paralelo a las autoridades y responsables para que no decaiga su esfuerzo y que se rastree cuanto se estime razonablemente un discurso de odio, todo ayudará a disuadir a quienes creen estar amparados por ese anonimato o secreto de la red de redes.

El discurso del odio cambia, podríamos decir que se renueva constantemente. Varían los contenidos -no tanto los rasgos básicos- y varían las vías utilizadas para llegar a los internautas. Debemos tenerlo en cuenta a la hora de combatirlo. Nos exige para ello una continua actualización. En Estados Unidos, por ejemplo, se ha constataba a lo largo del año 2020 un incremento notable de actuaciones xenófobas de todo tipo contra la comunidad asiática, derivado sin duda del origen asiático de la pandemia, pero ya presente con anterioridad. En todo caso no es un fenómeno puramente norteamericano. Un reciente informe del Consejo Audiovisual de Andalucía detectaba igualmente el auge en Europa de un discurso del odio contra esa comunidad. Sería torpeza, de otro lado, ignorar o minimizar la profunda incidencia que la pandemia provocada por el Covid-19 ha tenido en la acentuación en Europa y América de un discurso de odio vinculado a sus causas y su larga incidencia. Las dudas y dilaciones de las autoridades, los visibles errores cometidos, las duras restricciones impuestas, en un proceso prolongado, desde las medidas iniciales al dilatado proceso de vacunación masiva, ha dado alas a esos discursos que niegan con desafío, con provocación, con odio, una realidad evidente, ampliamente confirmada por la ciencia, pero que resulta perturbadora.

Vídeo publicado en Youtube bajo el título de ‘Los nuevos turistas’.

En todo caso, esta lucha contra el multiforme discurso de odio exige colaboración a todos los niveles, son muchos los organismos, las instituciones que tienen entre sus cometidos o competencias ese combate permanente. Intercambiar opiniones y experiencias es una primera ayuda. La cooperación es indispensable en aras de ganar utilidad y no malgastar esfuerzos, además, siendo esencialmente internet un medio que supera fronteras, el discurso de odio se hace internacional, por lo que también debe serlo cuanto contribuya a combatirlo y disminuirlo. En ese sentido y en el ámbito audiovisual latinoamericano, la experiencia de la PRAI, Plataforma de Reguladores Audiovisuales de Iberoamérica, en la que participan diversos países latinoamericanos y europeos -de España y Portugal-, además de observadores como Marruecos, aunque aún en sus primeras etapas, debe contribuir también a esa imprescindible colaboración internacional a ambos lados del Atlántico.

Antonio Checa Godoy. Presidente del Consejo Audiovisual de Andalucía

1Véase Callison, William, y Slobodian, Quinn (2021), «El auge del ‘diagonalismo’», en Política Exterior, nº 201, pp. 90-103.

2Véase por ejemplo el balance que realiza Marianne Díaz Hernández: «Discurso del odio en América Latina. Tendencias de regulación, rol de los intermediarios y riesgos para la libertad de expresión» (2020). Disponible en https://www.derechosdigitales.org

3Halimi, Serge, y Rimbert, Pierre (2021) «Vender discordia en vez de informar», en Le Monde diplomatique, edición en español, marzo, pp. 20-22.

4El monográfico de la revista Comunicar «La ciberconvivencia como escenario social: ética y emociones» (nº 67, 2021), contiene diversos y excelentes trabajos sobre estas inquietudes. Disponible en https://www.revistacomunicar.com

5Un oportuno análisis en Tejedor, Santiago, y Tusa, Fernanda (2020). «Los newsgames como herramienta periodística: Estudio de caso de experiencias de éxito», en Prisma Social, Madrid, nº 30, pp. 115-140. Disponible en https://revistaprismasocial.es/article/view/1543

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s