Menores, ciberpornografía y trastornos afectivo-sexuales

Vivimos en una sociedad hipersexulizada, donde además internet ha facilitado el acceso, consumo o adicción a la pornografía desde edades muy tempranas, pero con una muy escasa educación sexual. El 90% de los niños entre 8 y 16 años ha visitado una web porno; el consumo en la red es frecuente desde los 10 años de edad y en Andalucía, más del 57% de los menores accedieron antes de los 16 años. El 77% de los adolescentes nunca ha hablado con sus padres sobre pornografía ni tampoco se ha informado sobre sexo a través de fuentes científicas de calidad. Se trata de una realidad preocupante, aún más si se tiene en cuenta que el  84% de las personas entre 16 y 24 años sufre algún tipo de disfunción sexual.

Estos son algunos de los datos que el psicólogo Alejandro Villena Moya desgranó en el taller ‘Pantallas, likes y pornografía’, organizado por el Consejo Audiovisual de Andalucía (CAA) y la Confederación Andaluza de Asociaciones de Padres y Madres del Alumnado por la Educación Pública (CODAPA), del que ofrecemos una síntesis y reflexión en esta entrada del blog. El CAA, que tiene entre sus funciones la protección de los colectivos más vulnerables como los menores, ha asumido como uno de sus objetivos prioritarios la lucha contra la ciberpornograía y la concienciación sobre sus efectos perjudiciales entre los más jóvenes.

“Somos lo que vemos y lo que oímos”, explicaba el experto en sexualidad de la Asociación Dale una Vuelta, más cuando se es adolescente y aún no se posee cierta capacidad crítica para discernir qué prácticas pueden ser positivas o negativas en el sexo. Los jóvenes deben conocer todas sus dimensiones, que no sólo son físicas, sino también afectivas, cognitivas, culturales y éticas. Entender todos estos factores es necesario para alcanzar una sexualidad sana: lo emocional no se encuentra separado de lo biológico. Una sexualidad sana no puede tener como fin el placer por delante de las personas: hay que educar en materia de empatía sexual, fomentando el respeto, la comunicación, el consentimiento y la preocupación por el otro. El objetivo debe ser el sexo como una experiencia relacional.

¿Cómo puede verse afectada la sexualidad de los jóvenes en esta era tecnológica? Alejandro Villena destacó la propagación del fenómeno del sexting, que según afirmó realizan tres de cada 10 adolescentes. Esta práctica es mayor cuanto menor es la educación sexual y cuantas más parejas sexuales se tengan, y en muchos casos está relacionada con la depresión, la impulsividad y la búsqueda de emociones. Ellas son las que más contenido envían, mientras que ellos suelen recibirlo o publicarlo. El psicólogo también señaló que uno de cada 10 jóvenes ha presionado para enviar sin consentimiento contenidos y pidió a los padres transmitir a sus hijos cómo se pierde el control de esta información una vez la comparten, lo que no está exento de riesgos.

Los jóvenes deben saber que si bien las redes sociales pueden tener un empleo recreativo o profesional (para entretenerse, comunicarse, trabajar, informarse, etc.), su uso también puede acarrear riesgos (cuando afecta a la autoestima o crea ansiedad y dependencia) y problemas (cuando se llega a sufrir adicción, aislamiento, despersonalización o depresión, cuando lleva practicar ciberbullying, extorsión y sextorsión e, incluso, a cometer un suicidio).

¿Qué ocurre con la pornografía? Por un lado, la mujer sale gravemente perjudicada por la pornografía convencional, que transmite un papel de dominancia del hombre y promueve una imagen de sumisión y objetificación del género femenino. “Se ha visto que cuanto mayor es el consumo de pornografía en los adolescentes, mayor probabilidad hay de incorporar estereotipos machistas, estereotipos de género, de creer que lo dominante es algo bueno, válido, y de incorporar estas prácticas agresivas”, dice Villena, para quien “hay más probabilidad de acabar teniendo una agresión sexual si consumes pornografía de forma repetida”. No hay que culpar sólo a la pornografía como causa de estos casos, aclara el experto, pero es un factor más, ya que banaliza y normaliza la violencia dentro del ámbito sexual, lo que reduce las probabilidades de denunciar una agresión de este tipo.

Por otra parte, el consumo de pornografía repercute en la idea que tenemos sobre el sexo y en nuestra autoestima. El adolescente no tiene un modelo de sexualidad sana. Cuanto mayor es el consumo de contenido pornográfico, mayor es la comparación que hace sobre su cuerpo, genitales y capacidades físicas, lo que genera frustraciones y disfunciones ante unas expectativas sexuales irreales, pues se distorsiona la erótica y la imagen que tenemos de los seres humanos al creer que lo que vemos en la pornografía es verdad.

Además, tiene un impacto a nivel cerebral: hiperactiva los sistemas de dopamina, afecta a la parte frontal del cerebro y altera las neuronas espejo -que permiten aprender por observación-, incorporando ciertos modelos incorrectos de sexualidad. Las personas se acostumbran a unas expectativas ficticias sobre lo que es el sexo a través de una pantalla y cuando se relacionan sexualmente con alguien de forma real, el cuerpo no se activa y necesita de ese superestímulo que es la pornografía que, además, perjudica los mecanismos de empatía.

Otro de los problemas que puede provocar la pornografía en los jóvenes es así la adicción. Y hay señales de alerta que lo denotan en un adolescente:

  1. Si depende de la tecnología.
  2. Cambios de sueño.
  3. Si para mucho tiempo con el móvil en sitios privados.
  4. Otras adicciones.
  5. Cambio de rendimiento escolar.
  6. Cambios de ánimo y ansiedad.
  7. Lenguaje sexualizado.
  8. Aislamiento.
  9. Mentiras y comportamientos inexplicables.
  10. Conductas sexuales explícitas.
  11. Comportamientos machistas o denigrantes.

Para conseguir la deseada buena educación sexual de los jóvenes, Alejandro Villena ofrece una serie de recomendaciones a los padres para hablar sobre esta materia con sus hijos:

  1. Antes de responder, preguntar qué saben, piensan o imaginan.
  2. Contestar siempre.
  3. Decir siempre la verdad.
  4. Dar respuestas breves.
  5. Adecuar la respuesta a la edad del niño.
  6. Incluir valores de la familia en la respuesta.
  7. Hablar de sentimientos: amor, amistad, etc.
  8. Mostrarse interesado en responder.
  9. Promover búsqueda de información, libros o láminas.
  10. Crear un clima de confianza padres-hijos.
  11. Dejar abierta la posibilidad de futuras conversaciones.
  12. Aprovechar la oportunidad que brinda la pregunta.

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