Un día para reivindicar un maravilloso medio, capaz de lo mejor (y de lo peor): la televisión

Posted on 21 noviembre, 2013

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Hoy celebramos el Día Mundial de la Televisión, instaurado por las Naciones Unidas en 1996. Durante los 17 años transcurridos desde entonces, muchos aspectos de la televisión han cambiado sustancialmente, si bien, en lo fundamental, prevalece su esencia: es un fantástico medio de comunicación para “ejercer el bien”: acercarnos a nuestra casa el mundo que nos rodea, desde lugares cercanos a parajes remotos, informarnos de los acontecimientos de interés, facilitarnos enormemente el acceso a la cultura y el entretenimiento, alimentar nuestra imaginación y deleitar nuestros gustos estéticos, fomentar la creatividad, crear comunidad, y un largo etcétera.

Pero su enorme capacidad de influencia y penetración la convierte al mismo tiempo en una poderosa arma de manipulación, de propaganda, de desinformación. Para evitar esto último, las democracias europeas concibieron en su día un sistema de regulación donde los operadores de televisión deben someterse a unas reglas que garanticen el respeto a los derechos fundamentales de la ciudadanía.

La profunda crisis que atravesamos en Europa en general, y en España en particular, está afectando de forma muy severa a las televisiones, y esta circunstancia repercute de forma directa sobre la sociedad: los contenidos son de peor calidad por el imperativo abaratamiento de costes, la información es escasa, puesto que es cara de producir, y las parrillas se llenan de opinión, normalmente poco cualificada, y muy barata.

Esta vorágine desembocó, el pasado mes de junio, en una drástica decisión del Gobierno griego, acuciado por los recortes, al optar por cerrar la televisión pública. En España, recientemente, el Gobierno autonómico de Valencia ha decidido hacer lo propio con la televisión de esta comunidad por falta de presupuesto.

Se ha abierto así la senda de la supresión de servicios públicos que, según el concepto europeo de democracia, son esenciales para la contribución a la formación de una opinión pública libre, pero que en estos tiempos de precariedad, son vistos por algunos como gastos superfluos. Una visión que cuenta con el inestimable apoyo de una buena parte del sector audiovisual privado.

Precisamente si algo ha demostrado el tiempo, no sólo la virulenta irrupción de la crisis, es que las televisiones privadas que, legítimamente, tienen en su objetivo el interés comercial y el de sus accionistas, no cubren las necesidades de información, formación y divulgación cultural en la misma medida en que sí vienen haciéndolo, mejor o peor, las televisiones públicas. Éstas sí tienen en su horizonte –o así ha de ser- el interés social y un mandato muy claro: garantizar el derecho a la información.

Teniendo en cuenta que la penetración de la televisión alcanza al 89% de la población y que en 2012 hubo un récord de horas de consumo por habitante y día, es muy oportuno aprovechar el día de hoy para reivindicar la existencia y la calidad de un medio de comunicación de masas responsable de relevantes y prósperos cambios sociales, motor de la industria audiovisual, difusor de conocimiento y de cultura, de diversidad y pluralismo.