Los medios como instrumentos de esparcir odio: lo de menos son los datos de audiencia

Posted on 14 octubre, 2013

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Soy consciente de que las personas religiosas, incluso de los gustos de Sr. Robertson, tienen derecho a la libertad de expresión, hasta cuando esto implica un uso rudo y ofensivo del lenguaje. También tienen derecho a promover su religión, aunque sea ridícula, a la mayor cantidad posible de personas a través de la televisión. La duda que tengo es: ¿esta libertad incluye el derecho de expresar odio hacia un grupo particular de personas cuya existencia su religión objeta?

Este párrafo es un extracto de la queja elevada por un ciudadano anglosajón en la Oficina de Defensa de la Audiencia del Consejo Audiovisual de Andalucía el pasado mes de julio con motivo de los reiterados mensajes homófobos que estaba difundiendo un canal de televisión por satélite que podía sintonizar desde su residencia en Fuengirola.

Esta queja dio lugar a una decisión del CAA consistente en reclamar la intervención del Ministerio de Industria, donde residen las competencias sobre la regulación de las televisiones que emiten vía satélite, y de la Comisión Europea para asegurar que los operadores que emiten en España y en Europa cumplen con las normas vigentes en nuestro ordenamiento jurídico, la principal de todas ellas: el respeto a los derechos fundamentales de las personas.

Esta decisión de la autoridad reguladora andaluza coincidió en el tiempo con la publicación de un informe elaborado por la prestigiosa asociación británica Demos sobre la calidad del sistema democrático en Europa. Demos ha constatado un alarmante deterioro del sistema democrático en todos los países de la Unión, incluidos los fundadores. La democracia en Europa ya no puede darse por sentada” es el elocuente título de este trabajo de investigación y análisis.

El ejemplo de Revelation TV es una de esas pequeñas rendijas que puestas juntas están abriendo una vía de agua en la democracia Europea, donde las minorías o colectivos necesitados de especial protección se vuelven a ver amenazados con el pretexto del derecho a la libertad de otros.

No debemos subestimar este caso sólo porque se trate de un pequeño canal de televisión por satélite que podríamos considerar marginal. Acertadamente lo argumenta el ciudadano que expuso su queja en la ODA: “El propietario de la Revelatión TV, Sr. Howard Conder, se pregunta por qué sigo viendo su canal si tanto nos disgusta. No entiende que -como víctima de un crimen de odio gay violento- me preocupa el daño que él y sus presentadores causan a las personas homosexuales, ya que hacen todo lo posible para sembrar el odio entre nuestros vecinos, compañeros de trabajo y familiares”.

Sembrar el odio es uno de los cometidos más sencillos que se le pueden encomendar a un medio de comunicación, y por eso, entre otras cosas, han de estar sometidos al imperio de la ley, que no de la mordaza.

Hace ahora 20 años, en 1993, la emisora de radio ruandesa RTML (Radio Televisión Libre de las Mil Colinas) jugó un papel decisivo en la gestación y desarrollo de la terrible matanza ocurrida en Ruanda en 1994. La radio del odio, así se la bautizó, se lanzó a difundir mensajes de odio y división contrarios a los tutsis, anunciaba en antena nombres de personas a las que señalaba como cómplices de la rebelión tutsi del Frente Patriótico Ruandés. Los interhamwe, los militares, o sus vecinos, tomaban nota y se encargaban de efectuar las ejecuciones contra esta parte de la población ruandesa. En tres meses fueron masacradas entre 800.000 y un millón de personas.

“La emisora estaba en todos los controles y había miles”-aseguró un investigador de la policía–, “mucha gente nos dijo que mataban porque la radio se lo pedía”. “Los tutsis no merecen vivir, –repetía la voz del locutor– hay que matarlos. Incluso a las mujeres preñadas hay que cortarlas en pedazos y abrirles el vientre para arrancarles el bebé”, son algunos de los tremendos mensajes que hicieron diana en una población, por otro lado, inculta y empobrecida.

Diez años después, el Tribunal Penal Internacional para Ruanda condenó a cadena perpetua a los responsables de la emisora por genocidio e incitación pública a cometerlo. “No respetaron la responsabilidad que conlleva la libertad de expresión -dijo la juez- y envenenaron las mentes de sus oyentes”, que recordó que la radio era “el medio de comunicación que llegaba a más gente en Ruanda”.

Efectivamente, la libertad de expresión y su ejercicio a través de un medio de comunicación como la radio o la televisión conlleva una enorme responsabilidad que ningún operador puede eludir por pequeño, marginal o insignificante que sea. Salvando las distancias entre uno y otro ejemplo, la democracia tiene que actuar de forma decidida y rápida contra altavoces desde los que se siembra el odio.